Download Free Templates http://bigtheme.net/ Websites Templates

¡Los saludo, lectores del Grimorio!

Ha llegado la hora de conocer otro de los pactos de los que se valieron nuestros Demonios para protegerse de los ataques de Ubanna y sus huestes. Ya saben cómo soy, así que vamos de una a lo nuestro.

La Basílica de Sacramortis, conocida usualmente como la Basílica del Nuevo Orden, ha ascendido y descendido en poder e influencia numerosas veces. Y ha tenido también muchos pontífices desde que la religión neordita fue fundada por Ravel y el colosal edificio fue erigido. Más recientemente, fue por mano de Zulfur que el Nuevo Orden se alzó una vez en todo su esplendor, regresando Sacramortis a su grandeza y gloria de antaño. Sin embargo, la mismísima Nueva Antioquía, la metrópolis que se encuentra en las cercanías de la Basílica, es constantemente asediada por las hordas de Ubanna. Otras ciudades como Nueva Roma y Abidos han sido reducidas a escombros. Sólo Constantinópolis, protegida por las místicas y sanguinarias Sorginak de la Antigua Abadía de Orovriss, y Gothika, en manos de la renovada Cohorte de Diablos, han podido defenderse de Ubanna como Sacramortis. No obstante, todos saben que es una lucha que no podrá prolongarse demasiado.

Zulfur, Pontífice del Nuevo Orden (Infernal) - Arte por LEG Giordano

Zulfur estaba inquieto y cargado de preocupaciones, deambulando de aquí para allá en torno al inmenso baldaquino frente al altar central de la Basílica. Nunca antes se había sentido así, tan perturbado. En todos sus siglos como Vashur, había sentido una confianza de sí mismo que pocos otros tenían. A su paso, la Muerte seguía inexorable e innegable, como testamento de su sagrada obra. Era un eterno servidor de la Muerte, había aprendido lo más que podía de ella y siempre estaba dispuesto a profundizar sus conocimientos. Exactamente por esto era que había tomado los libros y escritos de Ravel y los había memorizado desde la primera a la última hoja; era un trabajo fascinante, el Nuevo Orden, una herramienta para divulgar la Senda de la Muerte en la Tierra para que los humanos la aceptasen. Pocas veces había admirado a otro Demonio, y en este caso era innegable que el Maestro Alquimista era no sólo devoto a la Muerte, sino que conocía aspectos de ella que Zulfur jamás había sospechado existían. 

Pero Ravel había desaparecido hacía décadas, y los demás Vashurn seguidores de su Senda o se habían aliado con Ubanna o habían sido aplastados por ella. Hacía no mucho tiempo, At-Fjerne lo había visitado en una de sus peregrinaciones, trayendo consigo una buena nueva, una advertencia, y una mala noticia. La primera habían sido sus enseñanzas para contrarrestar el Thanatos con un simple pero efectivo ritual; Zulfur sabía cómo despedazar a los Vampiros, pero la herramienta del Peregrino era sumamente útil. Lo segundo se refería a las huestes de Ubanna, cada vez más peligrosas al mando de Narghot, y cuya última misión encomendada era acabar con el mismo At-Fjerne. Y por último, el Demonio había confirmado las sospechas del Caudillo de los Muertos: Naamah había sido abatido por las fuerzas de Insania.

Desde entonces, no había vuelto a saber de él, y las preocupaciones de Zulfur iban en aumento. No tenía miedo, pero sencillamente no lograba encontrar la manera de detener a Ubanna. Necesitaba aliados, muchos aliados, pero aquellos que podrían haberse unido a él estaban muertos o desaparecidos. En su arrogancia, los Demonios habían subestimado a la Cronista Demente, y ahora era muy tarde como para forjar pactos que fuesen de relevancia.

-Nunca antes había venido aquí- dijo una curiosa voz en la monumental puerta de la Basílica. Zulfur, en vez de voltear, fue hasta su trono detrás del altar y se sentó, esperando pacientemente a que el visitante se acercara -. Ah, bien jugado- admitió la figura mientras se aproximaba -. Usualmente me hubiesen recibido con algún insulto, o preguntándome qué diablos quiero aquí. Pero, realmente, lo tuyo supera a todos. Mira que hay que tener mucha altura para hacer eso de caminar tan tranquilamente hasta tu glorificado asiento y esperarme como si no ocurriera nada.

Zulfur no respondió. Su mirada atravesaba el disfraz del Demonio y quería dejar que se introdujera como correspondía si es que realmente quería su atención.

-Bueno, veo que no tiene caso entonces andarse con vueltas- dijo el visitante, dejando atrás la ilusión humana que había montado y mostrando su figura.

-Fehelgian, bienvenido- dijo la resonante voz múltiple del Caudillo de los Muertos, ése sonido que se escuchaba como mil sombras hablando al unísono.

-Vaya, no dejas de sorprenderme- sonrió el Demonio Mercante -. Ya nadie me da la bienvenida. No sé si es que estamos en una mala época para hacer negocios, o es que me he convertido en persona no grata. Una pena, la verdad. Yo sólo quiero comerciar.

-Lo sé- respondió Zulfur -. ¿Y qué has venido a comerciar a Sacramortis, Fehelgian?

-¿No quieres conversar un poco primero? Honestamente es tan impactante ser recibido así, que me dan un poco de ganas de hablar unos momentos.

-Los dos sabemos que tus deseos de "hablar" son sólo la introducción para venderme tus productos- lo interrumpió el Vashur -. No den la alarma- agregó dirigiéndose a unos sacerdotes y sacerdotizas que acababan de avistar a Fehelgian -. Es mi huésped; yo lo atenderé.

-Oh, pero qué gentil- exclamó el mercader con sincera sorpresa.

-Habla- ordenó Zulfur.

-Bien, quería informarte que Narghot ha matado a At-Fjerne- dijo yendo al grano, sin demasiadas introducciones; debía haberse estado muriendo por contárselo. El Patriarca lo sabía, mejor dicho, lo sentía, por lo que la confirmación de la caída del Peregrino no lo tomó por sorpresa.

-Así que, finalmente, llegó al fin del Camino...- murmuró Zulfur con cierto pesar y nostalgia en sus voces.

-Exactamente, su peregrinaje ha terminado- afirmó Fehelgian -. Muchos exiliados se habían congregado allí donde cayó, por lo que fue un poco complicado hacerme con esto- añadió, mostrando un báculo que resultaba sumamente familiar.

El Caudillo de los Muertos sabía que lo había visto antes, y el mercader había hecho silencio repentinamente, como si aguardara que Zulfur dijera algo más. Se puso de pie y se acercó lentamente al Demonio Mercante, percibiendo en el aire, poco a poco, los restos de una energía que ya conocía. Entonces, lo supo: era la guadaña quebrada de At-Fjerne, At-Rashir, emanando aún con sus poderes arcaicos y místicos. Estiró su mano para aferrarlo, pero Fehelgian la alejó levemente, chasqueando su lengua repetidas veces.

-No tan fácil, ya sabes que no he venido a regalártela- lo detuvo -. Podría vendérsela a cualquier otro Vashur, pero tú eres claramente el único cliente que puede pagar el precio que exijo.

Zulfur se imaginó con At-Rashir en sus manos; ah, todo lo que podría lograr con una de las reliquias más legendarias de la Senda de la Muerte. No odiaba a At-Fjerne, pero desde que se había dejado vencer, y en consecuencia había permitido que Rasap la quebrara, su respeto por el Peregrino había caído en picada. Se rumoreaba que los fragmentos de la hoja de la guadaña estaban esparcidos por toda la Tierra, pero nadie se había dignado a buscarlos. Ni siquiera el mismo At-Fjerne, quien viajaba de aquí para allá en sus peregrinajes. Ni Unwaj ni Ubanna serían un problema para él si podía reclamar al menos un fragmento del poder de At-Rashir.

-¿Qué quieres?- preguntó sin vacilar.

Fehelgian explicó su precio, no sin sonreír. Era obvio que ya había puesto el mismo precio por otros objetos invaluables. A Zulfur no le importaba.

-De acuerdo- accedió apenas el Demonio Mercante terminó de hablar.

-¿En serio?- volvió a sorprenderse el mercader -. ¿Estás seguro que no deseas pensarlo un poco?

-Dame a At-Rashir- exigió.

Claramente Fehelgian creía que el precio era demasiado elevado. Pero se equivocaba. Se equivocaba tanto que a los ojos del Patriarca de los Caídos, parecía un comerciante aficionado, un principiante. Estaba claro que el Demonio Mercante comprendía que At-Rashir era un objeto poderoso, pero no tenía ni idea de lo que estaba vendiendo. Porque ninguna paga hubiera sido suficiente para igualar el valor de la guadaña que la mismísima Muerte había forjado.

Zulfur, Pontífice del Nuevo Orden (Terrenal) - Arte por LEG Giordano

Duilio Giordano Faillaci